Nota de la escritora: Los nervios, la emoción o las sensaciones que todavía siento al relatar esto me juegan malas pasadas y no sé si escribirlo en primera o tercera persona. Por ello, en cursiva estará la historia contada desde la visión en tercera persona.
Ayer su mañana tenía banda sonora de Joaquín Sabina y el último tema de Birdy, 'Light me up'. La chica del espejo no estaba triste, no se sentía sola. Al contrario, los nervios y la felicidad podían verse en cada uno de sus gestos, mientras se arreglaba de forma nerviosa frente a la anteriormente nombrada pulida y reflectante superficie.
El viaje en coche fue bastante tranquilo, y, sin embargo, al llegar a Madrid sus edificios me parecieron amenazantes y grandes. Me querían hacer sentir pequeña e insignificante. Cerré los ojos, concentrándome de nuevo en la música. Por suerte, ese sentimiento se desvaneció rápidamente, y Madrid volvió a mirarme con los ojos con quien mira una enamorada a otra.
Pasó una hora.
Y entonces la oí. Y la vi. Y la sentí. ¿Cómo se puede describir una sensación así? Querría haber parado el tiempo desde el primer segundo. Todos los minutos a su lado parecían hacerse tan efímeros y tan poco eternos...
Posiblemente sea una de las personas más increíbles que haya conocido últimamente. No sé si se lo habrán dicho todavía, o ya, o últimamente, pero debe de tener, por el olor dulce y el tacto suave de sus manos, sangre de Poetisa en las venas, y no sé cómo todavía me atrevo a llamarla Musa.
La chica del espejo sonreía al volver, a pesar de la lluvia de preguntas que bullían en su interior. Al fin y al cabo, sólo había sido una hora y sólo habían sido unas palabras. No. Habían sido algo más.
Había sido La Hora. Al menos, hasta la próxima vez.
Porque dicen que de los buenos dulces se repite, ¿...No?


