Mostrando entradas con la etiqueta Escenas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escenas. Mostrar todas las entradas
sábado, 25 de enero de 2014

Como un 'me marcho' sin irme

Salí de la ducha, y desnuda me dirigí a mi habitación. A medio vestir, me miré al espejo. Después me aparté de él y deslicé una mirada por la desordenada mesa, hasta fijarme en un pequeño llavero de un caballo de peluche. Sonreí, y una voz interior decidió en ese momento abrirse paso entre mis tristes pensamientos para golpearme un poco más de lo que la vida me había golpeado desde que me había despertado.

Mi cabellera húmeda me acariciaba la espalda, los pechos y el sentimiento más profundo del dolor. El móvil vibró y no me digné a contestar. Aquella voz interior volvió a gritar. Quería que la escuchase.

Tantas ansias por escapar para al final quedarte ahí, sentada, con esa mirada triste...
– Déjame en paz. – Respondí.
¿Por qué? Si es tan divertido... Mírate, desnuda, con el corazón sangrando. 
– He dicho que...
Que te deje. Lo he entendido. Pero he venido a ayudarte.

Rodé los ojos. Obviamente, no entendía el daño provocado desde dentro como ayuda. El simple hecho de recostarme en mi asiento frente al ordenador y observar la pila de sujetadores amontonados sobre la mesilla me hizo ver que en pocos días mi vida se había vuelto un desorden. 

Sabía que tenía que levantarme.
Sabía que.

En algún momento me levantaría y ordenaría. Me sentaría a estudiar. Sonreiría levemente. La voz interior gruñiría, inconforme.

Es una coraza, no estás ayudándote.
Es una coraza, y es lo único que puede ayudarme. – Contestaría yo, con cierto rentintín adolescente en la voz.

Se marcharía, y yo me quedaría desnuda pero vestida, triste pero feliz, me quedaría sin quedarme, como un 'me marcho' sin irme.






miércoles, 22 de enero de 2014



Carta a un corazón en duda

¿A quién engañas, pequeña escritorzuela? Sólo será a ti, porque tus monstruos se asoman bajo la cama con esa sonrisa maquiavélica cuando te miras fijamente al espejo y te convences de algo que sabes que no es verdad. Tantos 'ya no le quiero' dejan mella en los labios, pero no en el fondo del corazón. No haces más que abrir y cerrar ese cajón, no sabes en qué estante dejarlo, en qué palabras confiar y de cuáles no.

Todavía sonríes levemente al ver que te hablado. Ves esa sonrisa triste reflejada en la pantalla de tu smartphone. Coges el ordenador cuando ya estás en la cama si él es el que te llama para mostrarte alguna de sus tonterías. Y cuando recibes una carta siempre esperas ver su nombre en el remite. Cosa que nunca ocurre.

Cuando sueñas despierta, chica que se refleja en un espejo mentiroso de grandes verdades, de grandes interpretaciones teatrales. Él es los cojines arrojados al suelo, las piernas arañadas y los ojos rojos. Es las sonrisas de complicidad, las confianzas y las distancias rotas a través del cristal.

Aún sonríes al hacerle sonreír. Porque te importa, de una forma o de otra. No te hace falta interpretación. No hace falta saber qué pasa. Simplemente está ahí, esa puerta que a ratos cierra de un portazo y a otras se abre tímidamente, añorando. 

Yo, mi, me, conmigo,
tú, ti, te, contigo.
Nosotros, nos, juntos.
Fuimos la estrella más bonita aquella noche en el firmamento.
lunes, 2 de diciembre de 2013



Sobre chicas de Tinta

En quién te fuiste a fijar. En la chica que se pasaría bolígrafo en mano 24/7 y que se sonroja al ver que la observas. La chica que duerme con sus demonios entre las sábanas por Miedo a que se pierdan, o igual porque así los monstruos que duermen bajo la cama no se atreven a salir. La que escribe las palabras importantes con mayúscula cuando habla de sentimientos (y yo, que sigo escribiendo ‘Luz’ con ‘L’ y oscuridad con ‘o’...).  Diste con la chica con una historia a cuestas que a veces parece querer tumbarla y hacerla pedazos. Y no, no hablo de mi. Hablo de muchas muchachas de ojos tristes que escriben sin tener a alguien que las escriba. Multitud de las que llevan ojeras y no las maquillan, de las que maquillan el Dolor que portan en las venas.



Sólo espero estar dándoles voz de la forma adecuada.



Pero es que es desgarrador oírlas (oírme) en su silenciosa forma de discurrir por lugares públicos como si nadie las viese mientras ellas ven a todo el mundo. Ellas, nosotras, las que nos sentamos a leer, o a escribir, en un banco en el rincón más frío de la ciudad.



Ya me estoy liando otra vez.



Con alguna te habrás cruzado alguna vez. Lleva Melancolía tatuado en el iris de ambos ojos. Igual habla mucho, habla poco, sonríe todo el rato o jamás la has visto sonreír. Pero eso no importa, porque lo peor lo lleva dentro, lo más terrible, lo realmente devastador está de rostro hacia dentro y más precisamente en la guerra corazón-mente que suele librar.



Pero, por favor, no olvides una cosa.
Te fuiste a fijar en la única chica que, al ver esa sonrisa poco sincera en tus labios, decidió que quería hacerte feliz. La única que realmente se dejaría la piel, los versos y toda la tinta de los diez bolígrafos de su estuche en ello.



No le rompas el corazón (más).
Por favor.


miércoles, 27 de noviembre de 2013



Errante

Apática mirada la suya, 
sabiéndose temporalmente derrotada 
por el mundo exterior. 

Observaba 
los ajenos labios 
desde lejos, 
consciente
de no poder siquiera 
rozarlos.

"Tu boca era mi hogar" 
susurra algo en su interior. 
"Ich habe Heimweh"*

El Dolor se extiende. 
Hace arder sus helados dedos, 
sus frías mejillas, 

cuando esos amados labios
 besan a unos terceros.



Los monstruos van saliendo 
de debajo de la cama 
cuando cae la noche 
entre sus sábanas. 

Ahora se sienten más 
á l g i d a s , 
i n h ó s p i t a s , 
v a c í a s .

El agua cálida de la ducha 
traspasa sus venas, 
inundando su corazón 
hasta hacerlo estallar en lluvia. 

Rompe a llorar, 
se quiebra; 
se dobla 
cual 
papel 
mojado 
abandonado 
en 
una 
tormenta.

Amanece en sus ojos 
y en su interior. 
Se levanta; 
ha despertado 
en el sueño de una bañera. 

Poniéndose la armadura, 
se seca los ríos del cuerpo
y sonríe a la figura del espejo; 
da la bienvenida a su yo errante.



Nota:
No busques rima. No busques más.
*"Ich habe Heimweh": Tengo nostalgia, añoranza. Se dice cuando se refiere a añorar tu hogar.


domingo, 17 de noviembre de 2013



Despedida por cuestión de humo, o Tiempo

Necesito tiempo para escribir un libro. Y para vivir, como tú vives cada cigarrillo que se consume entre tus dedos. Pero yo no soy así... Yo no puedo fumar un cigarrillo y olvidarme del mundo. Soy una de esas (pocas) personas que necesitan que el mundo se olvide de ellas para poder soltar todo el peso que llevan en sus débiles espaldas. Las hacen fuertes a base de responsabilidades, de ocultar ojeras y fingir sonrisas. Pero son gentes infelices, o quizás incompletas, insatisfechas. Yo me denominaría inconformista, y quizás por eso no pueda quedarme contigo.

Porque no puedo, simplemente, echar un polvo contigo e irme. Sin más, como si no te hubiese escrito en mi cuaderno de hojas pálidas con ese bolígrafo de tinta morada. Morada, pero no cursi. Porque las chicas cursis dibujan corazoncitos junto al nombre de esa persona especial. Yo narro en verso todas las malas noches que he pasado por tu culpa.

Tal vez no sepa vivir de otra manera. Tú a tu cigarrillo, y yo a mis versos. Igual debería saber elegir bien, y buscar a alguien que tenga más cariño a mis palabras que el que les tenías tú; las he visto tiradas bajo la cama donde fingías que me hacías el Amor aquella tarde fría, cogiendo polvo. Las he rescatado, junto a mi sujetador negro, mi favorito, y las mil y un historias que iba a contarte (como si fuese Sherezade, y sólo dejase el cuento sin final cada anochecer para poder despertar entre tus sábanas un día más...).

¿Cómo empezó todo esto?
Ah, sí.
Necesito tiempo para escribir un libro, uno con pocas páginas, pero de los que se quedan en el corazón de las personas y no se van. Una novelucha para leer en la esquina de un bar con el ambiente bañado en alcohol. Igual necesito tiempo para escribirme a mi, y no a ti.

Lo (único) que tengo claro, es que tú no eras para mi.


sábado, 9 de noviembre de 2013



Autodestructiva

Aclaración:
Aquí no busques rima,
sólo es un poco de
autodestrucción.


Autodestructiva, 
me acurruco entre las sábanas corazón en mano,
manchando de la cama la blanca cobertura.
Está manchado de barro y despecho, 
de historias viejas que al parecer divertido han encontrado
saltar de su escondite en el momento más doloroso del día.


Me quedo completamente quieta, y sin embargo, 
por dentro no hay nada inmóvil; 
no brotan las lágrimas, no llega el llanto,
todo se derrumba nuevamente.

Yo, espectadora habitual de esta escena de teatro 
casi clásico, 
me mantengo impasible.

Todo lo impasible que puede mantenerse alguien
 que se desangra por momentos, 
cuyos muros caen y sonrisas mueren.
Todo lo impasible que puede mantenerse alguien.

(Y el telón se niega a caer)

Me muevo, 
tratando de cobijarme bajo la manta, 
esconderme de los ojos de este mundo 
que parece querer atarme, 
asfixiarme y torturarme al mismo tiempo. 

El lienzo de la cama comienza a estar teñido de tinta. 
El exterior grita algo incomprensible para mi. 
(A veces creo que los habitantes de la Tierra y yo
 hablamos un idioma diferente, pensamos un Dolor distinto)

{En esos momentos me escondo}

Y aparezco en un andén,
veo los trenes pasar.
Vivo (muero) con el miedo
de que mi billete no me permita
a ninguno subir,
en ninguno 
unos desconocidos labios besar.


(Idea de un autorretrato)

lunes, 28 de octubre de 2013



El alba

Por las mañanas, a parte de un café, necesitaría
compartir los "he pasado una noche de cine (de miedo)"
con alguien que me robase un beso.

Que mis sábanas amaneciesen enredadas en otro cuerpo
que no sea el mío, que sea el suyo.
Que sus besos de 'buenos días' sepan a
todo lo que no pude 
o no quise tener.

Con el amanecer, quiero sentir la ataraxia
de rozar él con sus dedos mi espalda desnuda
y poder lamer, cual loba,
las palabras que caigan de sus labios.

Poder ser su lienzo
y sus manos el pincel;
ser su mármol
y sus uñas el cincel.

Que mis orbes apesadumbrados encuentren en otros
el refugio que no buscaron en los propios.
Todo es cuestión de Tiempo,
de Cronos,
el que esté aquí conmigo
el salvador de mis delirios.

Y puedo seguir despertándome sola,
todas y cada una de las mañanas con todo el dolor de mi ser;
amanecer entre la sangre 
de las heridas que en su día no cerré.
jueves, 24 de octubre de 2013



No estás

Que tus costados sean mi piano; mis dedos, inexpertos bailarines sobre un suelo de tablado. No quiero decirte mentiras que broten como flores de los más bellos colores de mi boca ni callarme las cosas ciertas que atenacen a mi corazón entre espinas. Quiero bailar y ser bailada, escribir y ser escrita con palabras no entintadas.

El reloj de arena sigue arrojando Tiempo hacia el suelo, dejándolo caer, agotándolo. Mis dedos siguen aferrados a ese frívolo bolígrafo que tantas veces me ha salvado la vida. Y el tren sigue pasando. Se parará para que suba, pero mis ojos sólo pueden verte a ti mientras no estás.

Eso es lo doloroso.
Que te veo.
Y no estás.

El gigantesco dragón metálico se detiene, con la prisa de quien nunca llegará a donde debe ir. Trago saliva, trago tinta y me trago las ganas de llorar(te). Unos pasos para ser una viajera más en él. Vallas de metal mantienen mi corazón en su sitio, en su tamaño. Que no crezca y que no se enamore, importante.

Me siento como si tuviese el reloj en el corazón; como si fuese a derramarse la última brisa de arena. El paisaje pasa con la misma prisa con la que lo cruzo yo con los pies de otro. En algún momento me apeo, y Miedo e Inseguridad caminan a mi lado.

Sólo busco unos ojos. Unos brazos. Un refugio.

Pero no estás.
Como siempre,
como nunca.
No estás.
miércoles, 23 de octubre de 2013



El lugar de los poetas

Se rumorea que por los lugares más escondidos e inhóspitos de las ciudades pasean los poetas tristes. Que pintan con colores grisáceos, azulados y suavemente verdes (por eso de la esperanza) las paredes desvencijadas de las antiguas casas. No sé si creérmelo o no, pero tendré que ir a uno de esos lugares para comprobarlo. Las ventanas han de ser antiguas y las puertas apenas sostenerse. O quizás que no haya ni puertas ni ventanas; tan abierta la casa como la mirada de aquella muchacha. Sería más melancólico todavía el canto en aquel lar, en los ojos de una chica de manos pálidas y mejillas sonrojadas que recogiese flores en un pequeño (diminuto) remanso de paz en el que se atreviese a sentir la libertad.

No hay cosa más triste que la realidad de un niño sin juguete. Ahí está el escritor, silencioso, observándole. Quiere acercarse, y es posible que lo haga, que le ponga su vieja pluma en mano (siempre habrá alguna moneda en el fondo de algún pantalón escondido en alguna parte de su armario para adquirir una nueva) y le deje lo que resta de su cuaderno... Para que siga sus pasos (poco recomendable, dado el caso, dados sus ojos tristes y sus mejillas hundidas por el vano intento de flotar en aquel mar de agonía sentimental).

Es posible que este lugar ni siquiera exista, o que cada uno lo imagine de una distinta forma. Pero los rumores no siempre mienten (no del todo) y los poetas nunca desecharían la posibilidad de convertir un huérfano sitio en su hogar. Un pequeño hostal, abandonado, lleno de habitaciones diminutas con camas bien hechas (con sábanas de material barato) y poco sitio donde nada guardar. Perfecto lugar, desde luego, para aguardar a la Inspiración, acompañada por la melancólica sensación de ser abandonado por el mundo.

Poetas; digan lo que digan, el mundo es (nuestro) suyo.
domingo, 20 de octubre de 2013



Porque podríamos ser tú, yo y Madrid.

Después de todo este tiempo yo sigo sin saber qué hacer. Sentada en un banco cualquiera de alguna calle de Madrid –de la que ni siquiera me he molestado en mirar el nombre– sigo dudando entre si llamarte o no. Mi dedo va del botón verde al rojo en la pantalla como si estuviese jugando a algún juego de plataforma con la única función de saltar y agacharse.

Te llamo. Me tiembla la voz, hace tanto que no oigo la tuya. Tampoco había motivos para oírla, no hay nada entre los dos. Ni va a haberlo. O eso quiero creer, y el poder de una mente autoconvenciéndose es fuerte; al menos, lo suficiente. 

Poco después me he levantado. Los pantalones me parecen incómodos y mi calzado me hace sentirme insegura a pesar de ser plano. La calle juega conmigo al gato y al ratón. Está oscuro y las farolas me amenazan, no les gusto, quieren echarme. ¿Cómo va a querer echarme Madrid...?

No sé cómo ni cuándo pero estoy en tu portal. La puerta está abierta y yo dudo. ¿Entro o no?¿Y si...?¿Y si no? Demasiadas preguntas y demasiadas respuestas para ella. Empujo la puerta con demasiado ímpetu, suena como si estuviesen matando a un gato y me sobrecojo, quedándome ahí, sin querer moverme. Después subo. Una vez más, sin comerlo ni beberlo, estoy frente a una puerta; la de tu casa. 

Pulso el timbre. Pienso a trompicones y mi respiración va a juego. Mi corazón va pasándome malas pasadas, late demasiado lento y después demasiado rápido. Miro mis pies, frunciendo el ceño. No me gusta lo que veo, así que mejor no me miro en ningún espejo. Se oyen tus pasos acercándose, la puerta se abre. 

Unos breves instantes mirándonos. Yo estoy donde no debería estar en el momento inadecuado. Pero estoy y qué le voy a hacer. Me acerco, y poniéndome de puntillas te robo un beso. Ahora podrías echarme, perfectamente. Tu boca sabe a tabaco y tiempo muerto, un poco a desesperanza que se mezcla con la melancolía amarga y la dulce tinta de los míos. 

Cierro los ojos unos instantes para capturar ese instante.

¿Me voy, o me quedo?
martes, 15 de octubre de 2013



Esos ojos verdes

Dejé la pluma en el desgastado tintero de bronce para revisar mi carta, escrita con meticulosa letra en tinta azul. El tintero en cuestión tenía grabados en alguna lengua extraña que yo no conocía. Fruncí el ceño con levedad. Al final de la carta me estaba mordiendo con fuerza el labio inferior; contenía las ganas de llorar. La angustia iba serpenteando por mi cuerpo, subiendo hasta desbordar el mar que llevaba meses acumulando en mi interior.

Una lágrima se deslizó por mi mejilla y cayó sobre el 'Adiós' que finalizaba la carta. Lo emborronó. Me levanté rápidamente, como si ese gesto me hubiese provocado una descarga eléctrica. El camisón que llevaba ondeó suavemente con ese gesto, arremolinándose alrededor de mis finas piernas. 

Tuve que volver a sentarme, exhausta ante aquello; mi tez había empalidecido desde que todo había ocurrido; mis rizos estaban lacios y ahora mi cabello sólo estaba suavemente ondulado, aunque más claro. En determinado momento, tras llevar unos instantes mirando a la nada, alguien carraspeó a mi lado. Alcé la mirada.

Y me encontré con esos ojos;
con esos ojos verdes.

Creo que morí en ese instante una vez más. No pude articular palabra. No pude moverme. Simplemente le observé hasta que se fue, llevándose consigo aquella carta.

No debió de volver hasta el día en que morí de verdad.
 

Plantilla hecha por Living a Book.